"Si seguís con esta estrategia", me dijo una, una vez, "no te va a ir bien".
Por Jota Hese
Daniela usó la palabra estrategia. Y la palabra estrategia quedó boyando en mi cabeza. Intenté explicarle que no, que no hay estrategia alguna. Que hago o no hago, que tengo ganas o no tengo ganas, que propongo o no propongo, pero que no forma parte de un plan estratégico de levante y construcción de afectos, que no hay más que un productivo o improductivo instinto de acción.
Finalmente, ella, Daniela, aceptó salir conmigo. Entendió que no era un trofeo ni un capricho: eran ganas sinceras. No duró mucho, desde ya. Como siempre. Y me volvió a pasar. Y me volvió a pasar otra vez. Y se ve que 'lo que ellas quieren' es una estrategia. O que están acostumbradas a eso. ¿Pero es verdaderamente así?
De ser así, desde ya, sepan que estoy en contra. La estrategia mata cualquier tipo de espontaneidad, de sorpresa, incluso de romanticismo. Mata las ganas. Estar planificando diariamente lo que uno va a hacer o decir, cuánto tiempo debe dejar entre llamado y llamado, entre propuesta y propuesta, es inhumano. No es sano. Como tampoco es sano ponerle coto al afecto, límites, tiempos y espacios, frenos que no conducen a otra cosa que a destemplar.
Debo admitir, no obstante, que algunas estrategias pueden generar sus beneficios. Porque tampoco me voy a hacer el distraído: en ocasiones, el alejarse adrede provoca algo. "No la llames dos días, vas a ver como vuelve sola", me aconsejó una amiga.
Negar que existen las estrategias sería estúpido. Están l@s que se alejan buscando la desesperación ajena, l@s que de pronto se vuelven dulces y melosos para conquistar (y solo para conquistar), l@s que intentan comprar el amor con regalos e invitaciones desopilantes, l@s que se sientan a esperar porque creen que su ego vale más que cualquier esfuerzo. Y debe haber más, obviamente.
¿Pero por qué hacer eso? Si uno quiere llamar a alguien, por ejemplo, si uno no busca desesperación y locura sino placer, disfrute, regocijo, compañía. ¿Es necesario armar un plan para eso? Ustedes me dirán (y medirán) sus experiencias, pero yo creo que no. Que no hay nada más triste para un mar de relaciones que andar con los remos contra la corriente. Frenarse, ponerse límites, actuar pensando en lo que conviene y no en lo que se siente. Hacer cosas pensando en lo que el otro puede pensar en vez de hacer y esperar, en todo caso, a lo que el otro puede hacer o decir.
Pienso, luego excito. ¿No suena horrible?
Está claro que me fue mal, muy mal siendo así. Entre otras cosas por esto, diría en mi twitter, #notengonovia. Ocurre que cuando uno es así (dicen las lenguas amigas), al parecer abruma. El otro no sabe cómo reaccionar, no entiende, no cree, se asusta, corre, huye, pierde la noción de tiempo y espacio, delira, imagina que convive con enanitos de todo color y que lo que se intenta en realidad es apropiarse de sus órganos vitales para revenderlos en el mercado negro. Tal vez exagere, ok. Pero pasa algo así: uno se abre, es como es, no mide consecuencias de sus dichos y actos, y entonces el otro sale corriendo, pensando que uno se quiere casar y tener hijos a los cinco días del primer beso.
¿Habrá que ser estratégico, pues? ¿Ustedes lo son?




































