Cólera Festivo

Estamos aquí reunidos para celebrar la Navidad. Corre la abuela a buscar al Niñito Jesús que escondía bajo la cama, empolvado y sin ojos. Corre la sobrina a cambiarse el protector diario de la bombacha rosa antes de que sea demasiado tarde para brindar, o coger o rezar. Y llega, finalmente llega, ese pan dulce horrible, con esas frutas barnizadas que los años increíblemente no permiten olvidar. La Navidad no solo nos une a la gente sino que también nos reencuentra con la comida bizarra.

Por Melisa Sansotta




“¡¡¡¡Melllllllllllllllllll, veníiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, vení, dale, dale, daleeeeeeeeeeeeee, apuraaaaaaaaateeeeeeeeeeee!!!!”, me gritaba mi vieja: “¡¡¡¡Dale que está viniendo Papá Noeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeellllllllllll!!!!”. 

Me acuerdo que cuando mi vieja me llamaba corría desde la planta alta de casa, bajaba la escalera de a dos escalones, abría la puerta del garaje y ahí estaba ella con mi papá. En el aire había un dejo de purpurina que había quedado flotando y el sonido de las palabras: “Uh, hija, te lo perdiste… otra vez”. Años después entendí que era más fácil simular que yo había llegado tarde a que mi padre se disfrazara una hora con ropas de invierno en verano y morir de deshidratación.

A esta altura los mensajes de texto festivos comenzaron hace casi una semana. El celular se bloquea no por la falla en las operadoras, sino porque está harto de ser el emisor de deseos como “que el Niño Jesús te cumpla la gracia del Espíritu Santo” o “ya estás grande para Papá Noel, pero abrí mi paquete y encontrate con ésta”.  A partir de hoy comienza a recibirse el hijo pródigo de la comunicación veloz: el email. En este formato se permite volar un poco más, ya con chances de adjuntar Power Points, los favoritos de las mamis, esos mismos que nadie abrirá porque dicen ni más ni menos que lo mismo que todos los años anteriores.  Ni hablar de las redes sociales, donde serás etiquetado en un sinnúmero de fotos, postales de pinitos y un millón de etcéteras, de los cuales irás gradualmente desetiquetándote después de dejar un Me Gusta, tampoco querés quedar antipática.

Y, como un cólera, el espíritu festivo se propaga con optimismo entre la sociedad hasta que nos sorprende el Año Nuevo. Llegan las 23.59 y la abuela, con lo poco que ya le quedaba de vida en Noche Buena, se para sobre una silla al grito de “las malas ondas pasan por abajo y no quiero que me toquen, ¡vamos todos!”, y ahí vas. Te parás arriba de la silla, sosteniéndote del respaldo con una mano que accidentalmente apoyaste sobre la ensalada de papa y huevo. Sin quedarse atrás, la tía desde arriba de la mesa te acerca 563 pasas de uva que hay que comer con cada campanada de un reloj que en realidad no tenés, pero te amenazan con que no hacerlo provocará mal sexo hasta que las palomas sean líderes de una nueva conquista mundial... no entiendo, pero seguís la corriente y te las comés todas de un saque. Intentás saber la hora exacta. Con la mano que no manchaste de ensalada de papa y huevo cambiás el canal de la tele. Todos los programas tienen un minuto de diferencia y es entonces cuando confiamos en Crónica TV para decir “ya es hora de brindar”.

Faltan 30 segundos para las 00.00, pero papá está borracho y desvirga el momento con el primer “feliz año” de los 653.548.562 que vas a escuchar durante toda la noche. Los de al lado arrancan con los petardos, papá  destapa ahora una Sidra Real, la tía vuelca un vaso, la novia agarra el teléfono y llora porque el novio no atiende, la casa de repente se llena de vecinos oportunistas, los artificios toman una intensidad impensada al tiempo  que el 80% de la población canina y hámster muere mientras sus dueños están demasiado ocupados buscando botellas vacías para usar de dispara cañitas.

Veinte minutos dura la celebración hasta que simplemente querés irte de esa casa, que tu abuela se acueste y que algún santo fabrique una remisería de sobrios para recorrer los kilómetros que sean necesarios hasta llevarte al paraíso del primero de enero. Pero no existe el transporte a tu domicilio y la alternativa es viajar en el auto de un amigo de tu papá, que llega con otros tres amigos de tu papá, que te miran las tetas mientras te besan el cachete al son de “feliz Año, chiquita, ¿cómo la pasaron?”. Y, la verdad, si te ponés a pensar, la pasaste fantástico.





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