La vida misma: Miedos prohibidos

Porque lo que no mata, fortalece y lo que da miedo, ayuda a crecer, aquí van algunos de mis héroes tenebrosos que me ayudaron a dar el estirón.


Por Eugenia Rombolá

El género de terror era uno de mis preferidos en la infancia. A qué se debía eso, no lo sé exactamente. Calculo que se trataba de varios motivos. Primero, que era prohibido (la peli más light era no apta para menores de 13). Por otra parte, me ayudaba a medir mi grado de maduración (cuanto más aguantara con los ojos abiertos, más grande me sentía).

En el cuadrado de la pantalla, durante 90 minutos, se concentraban los miedos. Todo lo que jamás me atrevería a ver en la vida real, estaba ahí, como diciendo, existo, pero no te toco. Y eso me daba un poco de tranquilidad.

Vi muchísimas películas, pero algunas quedaron más grabadas que otras. Quizás no tanto porque hayan sido las mejores en su género, sino porque se me mezclan con otros recuerdos. Pijama party con amigas mirando Fire in the Sky, los sustos que le daba a mi hermana menor cuando nos íbamos a dormir y me hacía la que hablaba en sánscrito como Dolly, la muñeca asesina, ir al cine con anteojos negros para pasar por trece años y ver en la pantalla gigante a mi ídolo máximo, Freddy Krueger, la casa de una compañera de colegio que estaba llena de pasillos y puertas y espejos, en fin, de un montón de elementos ideales para montar nuestro propio teatro del horror y jugar a los muertos vivos...


Lo que me fascinaba también era la tensión sexual que existía en casi todas las películas de terror. Adolescentes llenos de hormonas, la vida de preparatoria yanqui, seducción y sangre por doquier. Y la venganza, eso también me emocionaba. Nada más adrenalínico que ver cómo alguien se toma revancha.

Los teóricamente malos, eran los que mejor me caían. Candyman, matando rubiecitas buenas, Freddy Krueger atormentando a adolescentes medio bobos, Los gremlins enloqueciendo a estúpidos que lo único que tenían que hacer era mantenerlos lejos del agua, son y seguirán siendo mis más políticamente incorrectos héroes de todos los tiempos.

El terror marcó mi infancia. Y el día que me animé a decir cinco veces Candyman frente al espejo, fue justo el instante en que abandoné mi niñez.




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