“No seas tan treintañera”, me dijo alguien en una cena, luego del teatro y antes de brindar a los ojos con un Merlot. ¿Qué quiso decir? ¿Cómo es eso de no ser tan treintañera cuando justamente estoy en los 30? ¿O en realidad se puede dejar de ser treintañera porque no se trata de una cuestión de edad sino de actitud frente a todo?
Por primera vez estoy hablando en primera persona y esto no es menor, me sabrás disculpar. No sé si hoy seré divertida, solo seré lo que acabo de descubrir: la menos bárbara –con b minúscula- de todas las que fui, y eso que fui muchas, de todos los colores, de todos los humores.
Hoy puedo decir que soy aquella que no conozco, por lo nuevo que implica esto de ser treintañera. Hasta que no los cumplí, todo lo que sabía eran mitos urbanos, historias contadas por quienes ya estaban atravesando el umbral.
Me preguntarás qué umbral, porque vos no ves ninguno, pero yo te digo que sí hay uno. Y cuando lo atravesás te enfrentás a un muro altísimo y del grosor de una pared de treinta centímetros (el grosor que tienen las paredes de los edificios viejos, esas paredes que conservan las voces de quienes las vivieron, las memorias de tiempos lejanos).
Y en un momento perdés la cuenta de cuántos sueños y decisiones se pusieron en juego para llegar donde estás, cuantas personas te hicieron piecito para subir unos centímetros más y cuántas otras te pisaron la cabeza para que bajaras un poco. Pero de nuevo subiste, porque siempre terminás subiendo más de los que bajás. Siempre, inevitablemente, siempre.
Los treinta son también como la vuelta de una esquina de un barrio desconocido y tras la cual podés encontrarte con todo, un todo que por inmenso e inefable da miedo, pero que por lo mismo también puede darte coraje.
Descubrir lo que hay más allá, no es lo mismo a los veintipico que a los treinta y pico. A esta altura, no da lo mismo volver a creer en alguien que te canta truco con el cuatro de copas (y encima te gana porque todavía querés creer que un cuatro de copas puede hacerte feliz), no da lo mismo posponer ese viaje que siempre imaginaste, no da lo mismo otra vez no terminar con lo que empezaste, no da lo mismo dejar pasar un bondi y otro pensando que el próximo viene vacío y en ese sí te vas a poder sentar.
Es que ya no da lo mismo más de lo mismo, porque sencillamente vos ya no sos más de vos misma, sos otra. Y empecé a hablar en segunda persona porque necesito tenerte de cómplice para no sentirme sola, pero ahora vuelvo a hablar en primera y me la banco como morocha argentinaza que soy.
Como decía, soy diferente a la que empezó a escribir esto, soy la que acaba de recordar que aun sin poder ver qué hay detrás de las paredes, la vuelta de la esquina esconde las posibilidades más bárbaras de todas las que pueden ser.
Hoy puedo decir que soy aquella que no conozco, por lo nuevo que implica esto de ser treintañera. Hasta que no los cumplí, todo lo que sabía eran mitos urbanos, historias contadas por quienes ya estaban atravesando el umbral.
Me preguntarás qué umbral, porque vos no ves ninguno, pero yo te digo que sí hay uno. Y cuando lo atravesás te enfrentás a un muro altísimo y del grosor de una pared de treinta centímetros (el grosor que tienen las paredes de los edificios viejos, esas paredes que conservan las voces de quienes las vivieron, las memorias de tiempos lejanos).
Y en un momento perdés la cuenta de cuántos sueños y decisiones se pusieron en juego para llegar donde estás, cuantas personas te hicieron piecito para subir unos centímetros más y cuántas otras te pisaron la cabeza para que bajaras un poco. Pero de nuevo subiste, porque siempre terminás subiendo más de los que bajás. Siempre, inevitablemente, siempre.
Los treinta son también como la vuelta de una esquina de un barrio desconocido y tras la cual podés encontrarte con todo, un todo que por inmenso e inefable da miedo, pero que por lo mismo también puede darte coraje.
Descubrir lo que hay más allá, no es lo mismo a los veintipico que a los treinta y pico. A esta altura, no da lo mismo volver a creer en alguien que te canta truco con el cuatro de copas (y encima te gana porque todavía querés creer que un cuatro de copas puede hacerte feliz), no da lo mismo posponer ese viaje que siempre imaginaste, no da lo mismo otra vez no terminar con lo que empezaste, no da lo mismo dejar pasar un bondi y otro pensando que el próximo viene vacío y en ese sí te vas a poder sentar.
Es que ya no da lo mismo más de lo mismo, porque sencillamente vos ya no sos más de vos misma, sos otra. Y empecé a hablar en segunda persona porque necesito tenerte de cómplice para no sentirme sola, pero ahora vuelvo a hablar en primera y me la banco como morocha argentinaza que soy.
Como decía, soy diferente a la que empezó a escribir esto, soy la que acaba de recordar que aun sin poder ver qué hay detrás de las paredes, la vuelta de la esquina esconde las posibilidades más bárbaras de todas las que pueden ser.
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