En el instante en que decidimos usar el feriado para ir a comprar regalos de cumpleaños, justo volvió a caer esa lluvia finita asquerosa que moja todo con un rocío pegajoso y predispone al mundo a caerse redondo al suelo. La temperatura promediaba entre los 18 y los 22 grados, demasiado calor para borcegos. Mi plan B era un par de ojotas. Quizá me excuso en la temperatura para no hacerme cargo de que debería haber salido con un calzado diferente para no tentar a la desgracia.
Foto: Bambo
Por Melisa Sansotta
A mis espaldas, tenía un bolso bastante pesado, ya que de la casa de Novio debía irme a la ciudad de Quilmes a celebrar un año más de vida de una de mis mejores amigas. Mi papá pasaría a buscarme por la zona de Parque Centenario al finalizar la compra del regalo. El shopping de Caballito hizo de su escasez una efectiva salida. Tras menos de cinco vueltas ya estábamos casi hechos.
La caminata hacia el shopping había sido divertida. Varias veces durante esas cuadritas sentí que resbalaba y musicalicé varios momentos con “Uopaaa’s”. Pero nada. Firmes rodillas, que le dicen. La salida del predio no mantuvo el éxito.
“Vení, vamos por acá”, estableció Novio. Lo seguí, con el bolso a cuestas y ahora también con la bolsa del regalo (de cerámica, un cerdito alcancía violeta). Empezamos a cruzar por el Parque Centenario, lugar que, claramente, tras la garúa y la lluvia de la noche anterior tenía un problema con la solidez de sus tierras, ahora convertidas en barro absoluto. Todo estaba empapado, menos los caminitos y bancos para tórtolos.
Venía congratulándome por mi excelente control de caídas cuando de pronto, sin darme un segundo de tregua, una ojota se me sumergió en el barro, resbaló como haciendo sapito y todo mi cuerpo del lado derecho quedó aplastado en una pileta de lodo. Escuché cómo el cerdito alcancía rebotaba contra el único pedacito de suelo de todo el parque… Novio había quedado agarrando el pañuelito que envolvía mi cabeza y estaba parado inmóvil, llorando de risa, al lado de mi cadáver embarrado. Mis pies estaban tapados por barro mojado, mi culo era el jarrón de Ghost, sin el fantasma, sin Demi Moore y sin la gracia.
En el afán por corregirme intenté pararme dos veces, sin suerte. Novio tuvo que extraerme con la fuerza torpe de una máquina saca peluches que le dan un objetivo gigante. Las manos y los pies estaban hechas de barro. Nos sentamos a un costado del parque, no podía respirar de la risa. Comencé con mi sweater de calaveritas a sacar los cachos de tierra empapada que tenía entre los dedos de los pies. Mientras corría el pelo de la frente, manchaba mi cara con barro. No había una parte de mi cuerpo, de la calza negra, de la musculosa, que no tuviera sustancia barral.
Una vez que mis pies estuvieron menos sucios, até a mi cadera el sweater con el que me había limpiado y seguimos camino hacia donde me aguardaba mi padre. No habíamos hecho dos metros cuando el papá de Novio sorpresivamente apareció en escena… Lo mejor en este caso hubiera sido implosionar como un Chasqui-Bum, pero estaba tan empapada que ni dándome mecha hubiese podido lograrse. El señor me miraba como buscando una explicación sobre por qué su único hijo varón estaba caminando con esta psicótica embarrada. Yo estaba demasiado tentada como para contarle. La vergüenza detona mi risa como pocas otras sensaciones.
Novio dijo “se cayó”, Padre de Novio ofreció su hogar para lavarme, pero me negué gentilmente a ser vista por el resto de la familia en este estado de mugre y decadencia. Caminé sola hasta donde estaba mi padre. Los hombres me miraban imaginándose que venía de una pelea erótica con otra contrincante, los taxistas me pasaban cerquita, esperando que cediera y me recluyera en alguno de ellos. Pero ahí cerca estaba mi padre y su auto. “¿Qué te pasó, hija?”, preguntó al abrir la puerta. Le conté que me había caído y se rió bastante. Verifiqué que el cerdito alcancía no estaba roto y me puse contenta. “Evitá moverte, así no me manchás todo el auto”, dijo Papá. Acto seguido encendió el aire acondicionado, me miró y concluyó: “El fresquito va a poner el barro durito así después sale más rápido. Si tenés frío, jodete por salir en ojotas”. Se necesita un papelón para aprender una lección.
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