La maravillosa breve vida de Lhasa de Sela

Dice la bio de su página web: Al escuchar los primeros acordes de La Llorona, europeos y norteamericanos suspiraban: “¡Ah, México!” mientras que los mexicanos se preguntaban: “Qué música tan curiosa, ¿de donde vendrá?”.




Por Verónica Barrionuevo

Para los críticos ávidos de clasificaciones, la obra de Lhasa de Sela representa un desafío. La artista nos legó tres discos estilísticamente inclasificables: La llorona (1997), The living road (2003) y Lhasa (2009).Y es que no se puede ser rígido frente a su música: en parte, porque intentar hacerla encajar en un casillero es como intentar retener arena en los puños cerrados, y en parte porque su voz y su música son suaves, dulcemente melodiosas: están plagadas de ondulaciones. Las letras de sus canciones (compuestas en español, inglés y francés) coquetean con la poesía y son exquisitamente melancólicas. Siempre le gustó la música triste.

Tampoco podemos ser rígidos si queremos hablar de su vida privada. Probablemente Lhasa haya sido música desde siempre, pero comenzó a actuar en público, de manera muy informal, a los 13 años. Pese a la buena recepción que sus actuaciones tuvieron desde el comienzo, nunca consideró seguir la exitosa carrera mainstream que su talento y su creatividad le hubiesen garantizado: ni siquiera después del éxito de La Llorona.

Uno pensaría que una chica joven, talentosa y reconocida va a dedicarse en un 100% a su carrera, pero Lhasa estaba ansiosa por explorar las diferentes aristas de la vida. Así, con un disco ya editado y antes del segundo, se unió junto a sus hermanas, artistas circenses, al circo “Pocheros” en Europa, donde permaneció durante un año. De allí se mudó a Montreal, ciudad en que se presentó en vivo en pequeños cafés y preparó su segundo álbum, The Living Road.

Era de esperarse esta naturalidad para moverse por el mundo, y era de esperarse que el disco se llamara así: desde chica se había acostumbrado a ser nómade. Gran parte de su infancia había transcurrido en un autobús devenido casa rodante, sin electricidad ni agua corriente, con la que sus padres, sus tres hermanas y ella (y una dotación de mascotas variopintas) recorrieron los Estados Unidos y México.

Desde la portada de su página personal, Lhasa, quien murió en 2010 a los 37 años, nos sigue mirando, con la ruta desierta delante de ella, como invitándonos a unirnos al viaje imprevisible que proponen sus canciones. Recomendamos seguirla: es un viaje al mismo tiempo vertiginoso y suave, sumamente placentero.







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