Una crónica de la marcha del 24 de marzo, a 35 años del golpe militar.
Por Clarisa Ercolano
Todos los 24 de marzo me pasa lo mismo. Siento angustia. Y si bien nací en el 81, el dolor de lo que fue el inicio de la etapa más cruel de la historia reciente se me hace carne. Puedo incluso sentir lo que siente mi vieja, que todavía hoy, a 35 años, nunca quiere contarme demasiados detalles de lo que le tocó vivir y, entonces, no me queda otra que ir juntando piezas, como si se tratara de un rompecabezas gigante y caótico.
El año pasado encontré en mi casa de San Jorge cartas que le mandaban mis abuelos. En esas letras tipeadas con la inefable Olivetti se notaba el miedo. Mi abuela preguntaba cómo estaba, si había llegado bien y pedía a Dios que no le pasara nada. Es que mi madre, se fue a Uruguay, se tuvo que ir a Uruguay cuando aparecieron los milicos. Y en un mundo sin celulares y con pocos teléfonos, las noticias demoraban en llegar. Y la angustia crecía como hiedra venenosa.
Mi vieja fue una chica Ues, más tarde estuvo en la JP que, como dice, ahora solo les dejó la P porque de jóvenes… bueno, mejor no hacer cuentas. Después, empezó a trabajar en grupos de alfabetizadores que usaban los postulados de Paulo Freire para educar en barrios y villas a chicos de 10 años que no sabían leer. Su hermano, ya trabajaba con Ortega Peña en el semanario Compañero. El se tuvo que ir antes, vía embajada de México. Ella, apenas juntada con mi viejo, recibió el aviso. Su hermano le dijo que había hablado con alguien y que era mejor que se fuera.
Mi viejo no lo dudó y se la llevó de un saque. De algún modo, puede decirse que la vieja se salvó. Pero al día de hoy, la veo llorar a veces, me dice “nosotros queríamos cambiar el mundo”. Ese llanto es impotencia. Esas lágrimas son preguntas sin respuesta.
Yo pienso en esto cada 24. Me jode, me duele. Este 24 me fui a la plaza a eso de las 5 de la tarde. Sola, como voy siempre, porque pedir justicia es un acto moral, ni siquiera es un acto político. Camino en silencio y la llamo a ella por el celular y le pongo un rato el “ruido ambiente”. Ella no me dice nada. Me da las gracias. Y al rato putea. Y después llora de nuevo.
Yo sigo mi camino, haciendo de cuenta que también camino con ella. Sintiendo que tengo la obligación de cerrar pedazos de su historia. Aunque mas no sea caminando en silencio. Aunque mas no sea siendo parte. Aunque mas no sea diciéndole, “vieja yo fui por vos”; yo estuve ahí; pidiendo que se termine de hacer justicia para que la herida no nos chorree más a todos encima.
Para que podamos hacernos cargo y seguir, mirar hacia un futuro libre, con todo lo que eso implica. Para que ya no salga sangre. Aunque el tajo quede igual, marcado, ahí, jodiendo en el medio del alma.
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