Como cuando era chiquita y cruzaba los dedos regordetes para que me concedieran una porción extra de tiempo para poder esconderme, hoy me gustaría pedirle un impás al almanaque.
No sé cómo llegó marzo. Ni sé de qué manera se me escaparon enero y febrero. Ni los veinte, ni los treinta.
Se habrán ido colgados de esa nueva cana que me arranqué el otro día en un semáforo, después de detectarla frente al espejo retrovisor. Quizás se fueron asfixiados en esa enorme bolsa de basura en la que descarté papeles y agendas viejas, en ese intento de organización que improviso cada año y que me dura apenas un trimestre.
Tal vez hayan quedado bajo las suelas de los zapatos con los que me moví a toda velocidad intentando sacarle ventaja a las arrugas o tratando de alcanzar alguna meta antes de que ingrese al sector de los eternos proyectos postergados.
¿Pero cómo se pide un suplemento de tiempo? ¿Cómo se hace para que aquello que dejamos para “algún día” no muera en el rincón del “jamás”?
Hay cosas con las que uno fantasea para esta vida sabiendo de antemano que quedarán para el segundo round, si es que existe.
Yo postergo el viaje con notebook y mochila por el sur de Italia y las islas griegas. El café en Montmartre, la bicicleteada en Brujas, el asombro ante el arte de Gaudí, el atardecer en Praga. La idea de fabricar mermeladas caseras en La Angostura y escribir junto al lago con los dedos enchastrados de almíbar. Alguna que otra confesión a alguien que quiero sin que lo sepa. Más de una historia a medio escribir. Algún que otro amor. Un hijo. Una casa con pasto para podar.
Llega marzo y suena la campana de largada. Corro y postergo. Corro y me muevo. Zigzagueo. Voy y vengo. Avanzo y retrocedo. Me fatigo, me altero, me vuelvo a encaminar. Me pierdo y me vuelvo a encontrar.
Y cada tanto me agarran esas ganas locas de patear el tablero. De levantar bien alto la banderita blanca de la tregua a la espera de que alguien me conceda esa vida paralela en la que me paseo con un solero estampado, eternamente bronceada por el sol mediterráneo, sin mayor equipaje que un cuaderno y sin ningún apuro por vivir.
Pido, pido.
¿Dale que sí?
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