Todas mis amigas, hasta la más Susanita de las Susanitas, las Caroline Ingalls de la maternidad, todas absolutamente se reían con sorna ante la perspectiva de verme comenzar el curso de preparto.
El maldito curso se convirtió en mi enemigo número uno, en el fantasma más grande que tengo desde que quedé embarazada.
En mi fantasías el curso estaba dictado por un grupo de demente que hablan en diminutivo, hacen yoga prenatal y practican la respiración para conectarte con el kundalini interno y el niño que fuiste.
“No voy, no voy y no voy. No pienso ir, te-lo-a-vi-so”, chillé como un chico al que lo obligan a ir a jugar a la casa de un primito odioso.
Mi marido, un poco más racional que yo, intentó convencerme “No seas ridícula, puede estar bueno, nos podemos enterar de algo interesante, sacarnos dudas, no seas obtusa, por favor te lo pido”. Yo gritaba empañada en lágrimas (acá me permito una digresión: durante el embarazo cualquier nimiedad puede terminar en una tragedia griega), que nadie me podía obligar a ir, que tengo mis derechos, que quiero decidir sobre mi propio cuerpo y no sé cuanta otra cantidad de excusas cobardes.
Le pregunté siete mil veces a mi Doc “¿Tengo que ir? ¿Es ABSOLUTAMENTE necesario?” “¿Es de vida o muerte?” “¿Si llego tarde me ponen media falta?”. El Doc se rió en mi cara y me dijo “Yo no voy a dejar de atender tu parto porque no vayas al curso, si te parece una pérdida de tiempo, no vayas”.
Lo amé. Y lo odié al mismo tiempo, porque me autorizó a faltar y ahí me abrumó la culpa. No podía ser tan mala madre, tenía que ir a ver de qué se trataba.
Así y todo, pese a mi resistencia concerté una entrevista para conocer a la partera. Entré al consultorio bufando y con los auriculares puestos, protagonizando una escena de rebeldía adolescente promediando la adultez.
Después de tomarme los datos, hacerme preguntas de rutina y contarme alguno de los pasos a seguir en caso de entrar en trabajo de parto, me miró directamente a los ojos y me dijo :
- ¿Bueno, vas a hacer el curso?”
- ¿Como? ¿Puedo elegir no hacerlo?
- Claro, acá la idea es que lo disfrutes, te sea útil y te pueda servir para evacuar dudas. Si venís con desgano o malhumor, no te sirve ni a vos ni a mí.
Anótenle un punto a la partera, que seguramente debe tener cancha para manejar a adultas rebeldes con ínfulas de adolescente tardía. Aplicó la psicología inversa y no tuve más remedio que doblegarme y enfrentar mi pesadilla.
Debo confesarles que más allá de intentar mantener mi postura indiferente e interpretar la a perfección el papel de Pitufo Gruñon, me resultó interesante.
Si bien los primeros minutos sufrí una crisis de “no quiero saber, no quiero saber, nonono, no me cuenten más, improvisemos”, luego de un rato incorporé frases a mi vocabulario que no sabía ni que existían: ahora digo “doble vuelta de cordón”, fórceps, oxitocina y un montón de palabras del vocabulario obstétrico con una seguridad impresionante.
Mis compañeras del curso son en su mayoría personas sensatas, que hacen preguntas sensatas. Por supuesto que nunca falta alguna caída del catre que pregunta imbecilidades como “Ay, y me va a doler, no?“ Y si, mamita, vas a intentar sacar un melón por donde cabe una ciruela, no hay chance de que no duela, hay que bancarselo un ratito y abandonar el melodrama.
También hay otras que dan respuestas estúpidas a preguntas estúpidas: “Bueno, seguramente te va a doler un poquito, pero vas a estar tan feliz de traer una nueva vida al mundo. Te va alegrar la mirada de amor de tu marido”. Escuchame, desquiciada sadomasoquista, si vos te drogás con soma no es mi culpa. Seguramente si tengo dolor, no voy a estar pensando en el favor que le hago a la humanidad aumentando los índices de población y que estoy colaborando a que la raza humana no se extinga, sino que voy a estar clamando por un cinturón de cuero para morder, un vaso de whisky y una gran dosis de calmantes.
Más allá de los percances esperables, todo fue bien y voy a seguir participando del curso hasta que el bebé y mi paciencia me lo permitan.
Gracias a mi partera y al obstetra recibí (gratis y sin esperarlo) la primera lección en este camino hacia la maternidad: Si tenés que lidiar con un adolescente caprichoso, pronunciá las palabras mágicas: “Hacé lo que quieras”
De todos modos, va a hacer lo que quiera, y con un poco de suerte va a terminar haciendo lo recomendado, y encima, va a descubrir que le es útil.
Maternidad 1, Florencia 0
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