¡Que viva la Revolución!


 Desde hace unos cuantos meses, entre el Bicentenario y el Mundial de Fútbol, hemos visto flamear los colores albicelestes hasta en las tapitas de yogurt descremado. A doscientos años de la llamada Revolución de Mayo es importante preguntarnos si realmente hemos roto las cadenas de la opresión.

Por Carolina Grillo

Hace 60 años las mujeres de este país no tenían derecho al voto, hace 40 no existían las pastillas anticonceptivas y hace 20 no había ley de divorcio. Hoy no existe el aborto legal y, así y todo, supuestamente, hace doscientos años nos liberamos de la opresión.

Nos enseñan de chicas que la Revolución de Mayo de 1810 marcó para nuestro país el fin de la dependencia. A todas nos disfrazaron alguna vez de paisana, mazamorrera o dama antigua en la escuela primaria. Nos contaron la Revolución como cosa de hombres, que ilustrados y heroicos lucharon para liberar a nuestra Patria del poder colonial. Pintorescas, resultaron siempre las imágenes de galeras y paraguas frente al Cabildo reclamando “¡El pueblo quiere saber!”.

Ahora bien, la Revolución, al menos para mi idílico entender, no sabe de clases y distinciones, no diferencia entre señora de peineta, paisana o mazamorrera. La revolución arrasa, es de todos y para todos, no de algunos en nombre de todos. La Revolución de Mayo no es más, creo yo, que el traspaso del poder de unos pocos a otros pocos.

Las ideas de la Revolución Francesa de 1789 cruzaron rápido los océanos y en menos de 40 años prácticamente todos los rincones del mundo occidental proclamaban “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Bajo esos preceptos los patriotas de Mayo nos hicieron oír el ruido de rotas cadenas.

Dos siglos después algo huele raro entre tanta escarapela y patriotismo. ¿Será tal la igualdad cuando los beneficios siguen siendo para unos pocos y las penurias para el resto? ¿Seremos realmente tan fraternos como para repartir equitativamente lo que supuestamente es de todos? Y lo que más feo huele: ¿somos realmente libres? 

¿Qué Revolución estamos festejando? ¿Cuál Liberación?

La Historia, La Patria y La Revolución llevan el género femenino y, normalmente, su representación encarna en la figura de una mujer. Representaciones que rara vez nos representan. Etérea y esperanzadora, la imagen de la Patria no muestra minorías, la Patria no nos cuenta de sometimientos, no sabe de discriminaciones, de violencias, no sabe de trabajar más para ganar lo mismo, ni de muertes en abortos ilegales, ni de esclavitud sexual, no sabe de HIV, de anorexias y bulimias, de falta de educación, la Patria nunca ve a sus hijos morirse de hambre. Esa Patria, que nos heredó la Revolución de Mayo muestra a sus mujeres homogéneas, consumidoras y consumibles, descartables. Nos da permiso para divorciarnos y para votar, pero nos cierra el acceso a la educación, nos impulsa a la sexualidad pero no nos enseña a ser responsables. La Patria que nos heredaron es mujer a medias y creo que nada sabe de Revolución.

No comulgo con el cuento que nos contaron sobre la Revolución de Mayo. En cambio sí creo en la REVOLUCIÓN, en el vendaval arrasador de una auténtica Revolución. Creo en esa Revolución que nos llama a pensar nuestro lugar de ciudadanas, de mujeres, en nuestra responsabilidad de mujeres, en nuestros derechos de mujeres. Revolución que empieza en el alma, se eleva a la mente y se hace palabra, grito y lucha.

Creo también en la Historia que, dialéctica y caprichosa, doscientos años después nos grita en la cara “¡CHE, AVÍVENSE! ¡LA REVOLUCIÓN ES OTRA COSA!”

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