Editorial

Especial Bicentenario



Queridas Victorias y Rolandas:

En el marco de nuestro flamante Bicentenario, me habían pedido una nota,  y por supuesto, tenía la intención de homenajear a alguna mujer relevante, al menos a una de las tantas, a lo largo de tantos años de historia. Pero, ¿a quién elegir? ¿Qué figura puede dar cuenta de tantas mujeres que en el anonimato han dado todo por hacer de nuestra tierra un lugar mejor desde su trabajo, desde el hogar, desde una escuela, etc.? Fue entonces cuando, creo yo, muy causalmente, apareció este hermoso libro, “Mujeres guerrilleras” de Marta Diana, que a partir de testimonios directos reconstruye la vida de muchas mujeres que han luchado por este propósito, de la forma que les pareció mejor, como militantes de distintas organizaciones en la década de los sesenta y setenta. El precio de esta lucha fue costosísimo para sus vidas, que nunca volvieron a ser iguales. Sus nombres no revisten monolitos, ni calles, ni museos. Apenas una de ellas, Norma Arrostito, tiene en su favor una película. Quiero homenajear en ellas a todas las mujeres que luchan día a día por un mundo más libre, más justo y con oportunidades para todos.

De todas las formas que puede ofrecernos la soledad, tal vez sea el exilio una de las más duras. En esta instancia, el despojo es casi absoluto: desaparecen todos los seres amados, desaparece la propia lengua, los paisajes, las esquinas conocidas, los ruidos, los olores, la historia, el fundamento de la propia vida. Además de lo que significa haber sido vejado, violado y torturado sistemáticamente durante días, semanas, meses o años, y cerrar los ojos y no poder olvidar y no poder borrar tantos recuerdos y no poder salir del campo. En el limbo del exilio, el pasado se convierte en un absurdo que va y viene en medio de una rutina de adaptación, un querer seguir (sobrevivir), un apostar al futuro, mezclado inevitablemente con un querer seguir ahí (recordar, retener ese pasado amado, evitar que desaparezca en el olvido).

Leo los testimonios de estas mujeres militantes de los sesenta y setenta, y pienso en lo que le cuesta a uno a veces superar pérdidas de personas amadas (amantes, padre, madre, hermanos, amigos, y la lista es interminable). Pero ellas no perdieron sólo un ser querido. Perdieron todo. Todo lo que amaban, lo que daba fundamento a su existencia. Perdieron hermanos, maridos, amigos, compañeros de lucha. Perdieron su casa, sus bienes, su familia, su identidad. De algún modo, un exiliado también es un desaparecido, o corrió seriamente el riesgo de serlo. Porque su vida, tal como era, desapareció por completo.

Entonces, surge entre página y página esa palabra, “reconstruirse”. Y aquí hay una clave, la que permite volver a ser, volver a tener una vida, a partir de los despojos de la anterior.
Leo el testimonio de Tina, voy y vengo entre sus palabras:

“Por eso, cuando me preguntás en qué nos ganaron y en qué les ganamos, sé que en mi caso gané porque no les di la información y no me pasé. No pudieron hacerme pensar que su ideología es mejor que la mía, que nosotros éramos los demonios y ellos los salvadores de la patria. Pero nada es gratuito. Ellos también ganaron. Mi estómago ha quedado con un gran asco de toda esa etapa, como si dentro de mí hubiera unas células malignas que todavía debo extirpar. La parte más importante de mi vida incluye nueve años de militancia, el campo de concentración, el exilio, la vida en Ginebra. Mi juventud pasó dentro de la organización, y es muy difícil volver a vivir cuando todo lo que amaste ya no existe. Algunas cosas tengo hechas. El problema son los cinco minutos de desesperanza y cuando digo: “Me ganaron”. Son esos cinco minutos.”

Y es muy difícil volver a vivir cuando todo lo que amaste ya no existe. La frase se me enrosca, me caracolea en la mente, se apropia de mi experiencia tan diminuta, puebla mi cómoda vida de muchacha sin problemas (no más problemas que los de cualquier muchacha de clase media) y la extrapola a un espejo imaginario totalmente vacío, sin imagen, sin nada. Imagino el exilio (palabra tan fuerte que suena a un pasillo largo, oscuro, interminable, que sólo sirve para alejarnos de todo lo que hemos amado, todo lo que alguna vez nos llenó de sentido; algo así como irse o huir forzadamente de uno mismo) como la contemplación traumática de aquel espejo roto, y el intento diario de volver a construir una imagen con ello. Tina fue torturada, como todos los que cayeron, como todos los que fueron chupados al infierno milico, física y psicológicamente. Pero no largó la dirección donde estaba aún su marido, su “cumpa”, al que amaba profundamente. Sin embargo, se lo llevaron. Tina, como tantos, como tantas otras compañeras, luchó hasta el último momento por todos sus amores: el que sentía por un hombre al que admiraba en todo sentido (basta rememorar la forma en la que hablaba de él para poder explicar esto, que no era machista, que siempre le regalaba flores, que en las reuniones bañaba a todos los niños sin por eso sentir que se rebajaba a una tarea de “mujeres”), y el que compartía con él, el amor por una patria más justa e igualitaria.

A estas mujeres que dieron todo, que amaron la justicia y la libertad, que amaron sus sueños hasta las últimas consecuencias, quiero hoy dedicarle mis palabras. Su lucha no fue en vano, su arrojo, su temple y su decisión son un faro en mi memoria. Ojalá también en la de ustedes. ¡Feliz aniversario!

Ana Paula Marangoni

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