Nos habíamos quedado en mi decisión de ir a visitar a Betty. Pero tengo un problema bastante grave, que creo que debe afectar a una gran porción de la población de Nigeria y países aledaños: se me manchan las remeras con sudor en el medio del pecho. Ni que hablar en las axilas, pero eso le pasa a todo el mundo cuando hace calor.
El lago que se me forma en la remera siempre me dio vergüenza. Varias entrevistas de trabajo fueron víctimas de este mal. A esto también lo sufrió mi billetera: muchas veces tuve que ir a tomar cualquier cosa a algún bar con aire acondicionado para que se me secara de la forma más rápida. No queda bien que un tipo gordito, pero también simpático como el ratón Mickey, vaya a algún lugar a demostrar sus dotes de macho encantador y que tenga el Titicaca como bandera en un pecho vacío de orgullo. Si ese sudor fuera proporcional al corazón de una persona, sin lugar a dudas yo sería la reencarnación de la madre Teresa de Calcuta.
La cuestión es que me vestí con el poco valor que me quedaba de algún momento en que lo usé. Supongo que habrá sido aquella vez que estuve encerrado en el comedor de casa con una alpargata tratando de cazar una rata que se había colado pensando que la habíamos invitado a cenar. Agarré mi bolsito, me mojé un poco el pelo, y me puse todo el desodorante que me quedaba... O sea, poco. Sabía que iba a oler mal, pero siempre existe la posibilidad de que no te huelan.
De mi casa al bar de los hijos de Betty, hay unas veinte cuadras, las cuales siempre las hago caminando. Y no es que vaya mucho a visitarla, pero ella justo está en esa zona de Villa del Parque que venden DVD piratas, de los cuales me enorgullezco de ser comprador. Salgo a caminar, agarro Nazca, después Jonte y por último voy derecho por Cuenca. Paso por la librería de usados que tanto visito y sigo mi camino. Mi pelo, de repente, lo siento húmedo. Rezo. Como sé que Dios sólo habla en arameo, mi plegaria no es escuchada. La primera gotita ya asoma por la remera. "PERO LA PUTA MADRE", grito con la boca cerrada. Me seco con la mano el pecho, y después con la misma mano, la frente, la cual no se seca, sino que queda más húmeda. Me trato de ventilar. No pasa nada.
Busco un kiosco, necesito pañuelos descartables. Voy al primero... Cerrado por vacaciones. Al segundo, encuentro lo que necesitaba. No eran de la marca que quería pero algo es algo. Bueno, miento, algo es algo nunca es algo bueno. No sirven para nada. Puteo, ahora sí en arameo, creo que se me entendió. Sigo caminando, paso por el bar y me freno.
¿Vieron cuando llegan a un lugar y no tienen el valor de cruzar la puerta? Vamos a dar el típico ejemplo: se quieren levantar a alguien. Como yo no soy un tipo muy seductor según los estándares del macho latino, ir a bailar siempre ha sido un sufrimiento, y más cuando ya no quedaba otra que salir a conquistar corazones, pero las veces que lo he tratado de hacer se pueden resumir de la siguiente manera: miro, elijo, tomo, doy el primer paso, me freno, vuelvo para atrás, tomo devuelta, miro, elijo a otra, tomo, salgo, doy el segundo paso, doy el tercero, me convenzo de que es al pedo y vuelvo a la barra para terminar mi trago y pedir otro.
La cosa es que me pasó lo mismo con Betty. Llego a la puerta del bar, y en vez de entrar, sigo de largo. Pienso, me miro la mancha en el pecho, que es mucho más chica de lo que pensé, y salgo a ver DVD. Ninguna película me interesa. Sigo mirando porque por ahí algo encuentro. Me seco la frente. El semáforo está en rojo, cruzo igual porque no viene ningún auto. Me voy al shopping. El aire acondicionado de ahí no es tan fuerte. Igual, me gusta. Llego al McDonald’s y me pido una Coca grande sin hielo, pero me la dan con. Le pido por favor que me la cambie. Me la cambia. Me sale todo $7. Me siento a tomar. La mancha en el pecho dejó de crecer, pero esta fría. Tomo la Coca y espero a que desaparezca... ¡SOY UN CAGÓN!
Tomo toda la gaseosa, agarro mis cosas y salgo casi corriendo al bar de Betty. Me chupa un huevo lo que transpiré, acá está en juego la felicidad de mamá y, tal vez, por qué no, del mundo. Llego, entro, me siento. Pongo cara de malo, de tipo que sabe lo que quiere para su vida. Me pido una Coca. Otra más. Estuve en el bar una hora y media. ¿Saben por qué? Porque tardé en reunir el suficiente valor para preguntarle a la moza si estaba Betty, la cual se fue de vacaciones con su nuevo novio.
Salgo de ahí y me doy cuenta de que ya se me está empezando a manchar devuelta la remera. Veo pasar el colectivo que me ahorraría caminar veinte cuadras, pero decido ir a pie...
Les sigo contando después...
Gastón
Les sigo contando después...
Gastón




