Especial Día de la Mujer
Mientras nuestra sociedad se decide a empezar a pensar el problema de la violencia de género, muchas mujeres siguen padeciendo en manos de quienes dicen amarlas. No hay más tiempo para jueces y recursos de amparo. El daño es milenario y el golpe de hoy puede ser mortal.
Por Carolina Grillo
Hace pocos días recibí una solicitud por parte de la editora de VR para escribir una nota sobre la violencia de género. Vengo últimamente con esa sensación de “vacío” que produce a veces una página en blanco, pero no dudé un segundo en aceptar.
Infinidad de frases y recursos informativos empezaron a surgirme. Busqué estadísticas, informes y hasta me leí de pe a pa la Ley de protección integral, para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres (Ley 26485) (¿sabían ustedes de la existencia de esta ley? Yo no). Pero algo sucedió en el medio de la investigación y me paralizó, ese ímpetu de escritura se interrumpió. Tengo un nudo en el estomago mientras escribo. Es que una de mis mayores dificultades es escaparle a mi propia subjetividad. Es terriblemente difícil racionalizar la violencia, naturalizar los sentidos a tal punto que un abuso pueda ser apenas percibido como un número estadístico y que una muerte se reduzca a una simple noticia policial.
Dicen que el problema de la violencia de género es cultural. Vivimos en una sociedad que somete, tanto a hombres como a mujeres, a todos los tipos de violencia posibles. De estos sometimientos estructurales resultarán mujeres oprimidas y hombres forzados. La víctima y el victimario quizás no sean más que construcciones sociales milenarias y enquistadas en nuestra sociedad. El problema es que en medio de tanta teoría está la muerte. Y no se trata de hablar de buenos y malos. Estamos hablando de muerte, sometimiento, violación, daños psicológicos, suicidio, indigencia y desamparo.
Racionalmente puedo comprender que es lo que lleva a una mujer a soportar un abuso ya sea psicológico, físico o simbólico. Un insulto, un golpe o la presión para encajar dentro de determinados estereotipos son algunos de los diferentes tipos de violencia a los que una mujer puede verse sometida. Emocionalmente es un tema que me doblega y me subleva a la vez, toca la fibra más íntima de mi ser. No es algo que les pase a otras. ¿Quién de nosotras no sintió impotencia por trabajar más que un hombre y cobrar menos, quién acaso alguna vez no se calló la boca “para que él no se enoje”, o quién no se sometió en algún momento a alguna dieta absurda para entrar en un par jeans? Me rebelo y me enfurezco a la vez. A veces también asusta. La lucha es agotadora y a la vez interminable. Parece que hay leyes que nos protegen de todo esto, parece que las sucesivas muertes están haciendo ruido, parece que algo está empezando a cambiar. El problema es que no hay tiempo. Las leyes nos amparan pero esta semana una mujer murió en manos de su ex marido cuando fue a buscar sus pertenencias al hogar conyugal luego de la separación. Curiosamente, estaba acompañada por dos policías. La ley parece afirmar que Wanda Tadei murió por accidente. Fue quemada viva, pero por accidente. Creo yo que Wanda no murió por accidente, sino por desidia. Quizás no fue la intención de su marido quemarla, o mucho menos matarla. Pero quizás Wanda estaba presa en su propia violencia. En la violencia que nos genera a todas la presión de encajar en el estereotipo de moda, la misma violencia que nos induce a perder la autoestima, a transitar relaciones enfermas, a tolerar hombres violentos que han sido criados por mujeres que fueron, a su vez, sometidas al mismo tipo de violencia. Y el círculo se vuelve infinito. La violencia de género deja de ser entonces un problema cultural y pasa a ser una instancia cotidiana de la vida que se naturaliza sin que nos demos cuenta. Es difícil que la violencia simbólica no dañe nuestra estima, es difícil quedarse callada ante lo que nos humilla, es difícil imaginar que el peligro a veces está en el lugar que debería ser el más seguro. Es difícil no violentarse ante la violencia. Reducir el tema de la violencia de género a una cuestión cultural es ser un poco cómplice. Mientra hablamos de cuestiones culturales y escribimos letras vacías hay una mujer humillada a cada instante, muerta en cualquier momento. En el año 2009 en la Argentina murieron 231 mujeres por violencia doméstica. No, definitivamente no es simplemente un problema cultural.
Creo que, como mujeres, debemos tener conciencia para preservar nuestra identidad, para no ejercer violencia contra nosotras mismas, contra nuestro cuerpo y nuestro intelecto. Es ese el primer paso para resistir los embates de un sistema que nos induce a agachar la cabeza, abrir las piernas y bajar la mirada en silencio, siempre en silencio.
No maltratarnos a nosotras mismas e intentar sostener nuestra estima por lo que somos y no por lo que debemos ser es, creo yo, la base para preservarnos de aquellos que ejercen violencia. Desnaturalizar los sentidos ante la barbarie es la única manera de resistir.
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