Tres no son multitud

Cecilia Meira reflexiona a través de los recuerdos de su infancia acerca de los distintos roles que se reparten entre hermanas y asegura que TRES NO SON MULTITUD.





Por Cecilia Meira 

De las primeras cosas que aprendí en esta vida es que a las nenas las crían como bonitas-lindas o bien como inteligentes-profundas. No estoy diciendo que una niña bonita-linda es por default superficial. Pero seguro que le va a costar un poco más que a la otra demostrar que no es ninguna tonta. A la que es muy inteligente, en cambio, es probable que lo que  le cueste más sea vestirse a la moda. Y les juro que estas reglas no las pongo yo. ¡Si por mí fuera!

En mi casa somos tres hermanas. Dos hermanas mellizas y yo. Y sí: a una le tocó ser la linda y a la otra la inteligente. Cuando yo nací los puestos ya estaban ocupados. Por suerte. Y entonces, por eso, y sólo por eso, yo les ayudé a mis hermanas a dejar de ser un poco lo que les tocaba y entre las tres nos acompañamos, nos contenemos y aprendemos una de la otra.

Lo peor que puede llegar a ocurrir entre hermanas mujeres es la competencia, es decir, cuando una quiere ser como la otra: tan linda o tan inteligente. Cuando se peleaban por un chico o cuando un chico se enamoraba de las dos al mismo tiempo, ahí siempre estaba yo, lidiando entre los conflictos de mis hermanas. Yo, como nunca fui de ningún bando, ni de las lindas ni de las inteligentes, nunca competí con ninguna de mis hermanas. Y de lo que me estuve dando cuenta, ya de grande, es que gracias a mí mis hermanas siempre tuvieron una relación envidiable por su compañerismo y apoyo. Gracias a mí porque siempre fui la mediadora, la que estuvo y estará siempre bien con las dos y no tiene preferencias. Piénsenlo un poco: ¿no creen que en una relación de dos hermanas siempre es necesaria una mediadora?

Me encanta tener hermanas mujeres mayores. Cada una me va enseñando cosas diferentes de la vida y del ser mujer. Cada una va viviendo la vida, su profesión, el amor, y yo las voy acompañando. Juntas vamos compartiendo nuestras vidas y nuestros mundos. Y no tenemos límites ni juicios. Cada una los va viviendo a su modo, a su gusto, buscando la felicidad.

Yo ayudo a la bonita a explotar su inteligencia y a la brillante a sentirse más linda y atractiva. Cuando quiero consejos de amor y de relaciones le pido consejos a la linda, que siempre tuvo muchos novios y muchas relaciones y sabe cómo tratar a los hombres para tenerlos a sus pies. Cuando tengo alguna que otra duda existencial le pregunto a la inteligente. Pero lo más interesante surge cuando le pregunto cómo hacer para conquistar a alguien a la inteligente y qué tengo que hacer con mi carrera profesional a la linda. Definitivamente fuera de los roles y de los prejuicios está la magia de cada una.

¿Y a ustedes qué les tocó ser? ¿La linda o la inteligente? ¿O ninguna de las dos?


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