A muchas de nosotras nos pueden vender un buzón y somos blanco fácil de cualquier macaneador que merodee por la ciudad. El problema se complica cuando nos mienten en otros ámbitos de la vida.
Todavía recuerdo una tarde en que me interceptó un hippie en plena calle Florida ofreciéndome tres cajas de sahumerios recién llegados de la mismísima India y al módico precio de dos pesitos. Lo que parecía ser la gran compra se convirtió en mi carnet de engañada vitalicia cuando descubrí que en cada cajita había un rama de árbol suplantando a los divinos sahumerios.
Los vendedores son el perfecto envase de los chamulleros. Su versión femenina nos huele apenas cruzamos la puerta del shopping y, una vez que nos acorralan en el probador, intentan engañarnos sin clemencia. El ridículo pantalón que apenas nos cierra es “el que nos queda pintado”. La remera que nos ajusta como un matambre navideño resulta ser “la que resalta nuestros dones naturales” y el vestido blanco que nos convierte en hermana melliza de la heladera pasa a ser “el que nos hace un cuerpo perfecto”. Exentas de moral y sin disimulo, pretenden que compremos un par de zapatos un número más chico con la promesa de que irán a ceder y hasta un departamento con una mancha de humedad en el techo del living bajo el juramento de que la filtración ya fue arreglada.
Nos mienten nuestros jefes al garantizarnos un aumento que no llega, mientras hacemos tantas horas extras que hasta evaluamos la idea de llevarnos la bolsa de dormir y acampar en medio de la oficina. Nos engañan los fabricantes de horóscopos que auguran un día inolvidable que se convierte en una jornada para el olvido, y hasta el servicio meteorológico que pronostica un enorme sol y nos devuelve a nuestras casas húmedas y tiritando muertas de frío.
Pero lo peor es cuando nos engañan en el amor. Cuando prestamos nuevamente nuestros oídos a esas pequeñas frases que ya sabemos de memoria: “me quedé sin batería”, “nos fuimos a comer algo después del partido”, “ella es sólo una amiga”. Y las que parece que dolieran un poco más cada vez que nos toca escucharlas: “el problema no sos vos, soy yo”, “no sé que me pasa”, “necesito un tiempo para pensar”.
Sabemos que mienten. Conocemos la verdad oculta en cada palabra. Así y todo nos resignamos a pensar que tal vez, después de todo, esta vez sea cierto que el teléfono no tenía señal o que la rubia voluptuosa y efusiva que lo abrazó en la fiesta era la prima de Gualeguaychú a la que no ve desde la navidad del `91.
Esas mentiritas cotidianas con sabor a duda que nos dejan de pie frente al espejo del baño durante un largo rato, mientras intentamos detectar en qué parte de nuestra frente estará escrita, con marcador fluorescente y decorado con luces de neón como una perfecta marquesina, la leyenda: “mentime que me gusta”.
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