Camarones al Wok

Eric nos sugiere un plato para agazajar durante el día de San Valentín mientras nos relata una tímida historia de amor.

Mi primer departamento parecía pensado a prueba de visitas: de un solo ambiente, lo primero que uno veía al entrar era la cocina con sus hornallas renegridas, la mesita de luz y la cama al lado, el baño a medio hacer, la mesa donde yo comía que era a la vez escritorio y mesada. En un espacio así de reducido, basta un solo libro fuera de lugar para que escandalice el desorden. Pero como después de las diversas inauguraciones sólo recibía visitas muy de vez en cuando, y en general de amigos todavía más tirados que yo, no me importaba.

Cocinar en ese departamento, entre los cd´s desparramados y el televisor siempre encendido, era una aventura aparte. Mi primer intento, recién mudado, fue con un bife cuyo olor persistió en el lugar –o en mi nariz– hasta el día en que abandoné el departamento, dos años después.

Más adelante probé con fideos y milanesas al horno, pero el desorden que se producía después, cuando me veía obligado a lavar la vajilla en el espacio de dos por dos frente a la bacha, me fueron quitando las ganas de cocinar. Mi dieta se redujo a empanadas, pizzas, hamburguesas y cualquier cosa que tuvieran para ofrecer los deliverys más económicos del barrio. Aumenté la frecuencia de las visitas a las casas de mi vieja, de mi abuela, me acordé hasta de las tías más lejanas. En poco tiempo me había transformado en ese personaje algo molesto, pero adorable por su pobreza, que cae en las casas puntualmente a la hora de comer.

-¿Cuándo voy a conocer tu casa? –me preguntó Romina una vez.
Yo no tenía el menor interés en que viniera a casa. Primero, porque mi departamento se había transformado en un lugar de tránsito. La sola idea de hacer orden me abrumaba. Y segundo, porque no sabía hasta dónde quería que siguiera adelante nuestra relación.
Nos habíamos conocido dos meses atrás, en casa de un amigo en común. Me gustaba pensar que unos pocos años atrás, cuando todavía era adolescente, hubiera muerto de amor por ella. Ahora me gustaba, pero con cierto desencanto. Después de Romina vendría otra, y después otra más, y al final nosotros dos éramos sólo una estación de tren en un viaje hacia ninguna parte.
Romina tenía un humor ácido que a veces se volvía oscuro, miraba películas de las que yo ni siquiera había escuchado hablar y a veces también me parecía un poco ingenua, no mucho, pero lo suficiente como para hacerme pensar que tal vez estuviera fingiendo que no me leía el pensamiento. Vivía con los padres, igual que casi todos mis amigos y compañeros de la facultad. Durante la semana apenas nos hablábamos. Era un amor de viernes o sábado. Nuestras salidas, desde antes de que yo me mudara al departamento, iban desde la puerta de su casa hasta algún bar, fiesta o casa de amigos y terminaban en un telo de Palermo o en casa de ella cuando los padres salían de viaje a alguna parte. Los viejos de Romina, igual que nosotros, estaban de viaje permanente.

-Si vivís solo –dijo–. Podríamos aprovechar. Siempre estamos de paso.
-Es cierto…
-¿Tenés miedo de que me instale en tu casa?-Se rió.
-No es eso –dije.

Al día siguiente la llamé.
-¿Querés venir el sábado? –dije– Te invito a cenar.

Dijo que sí. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que el sábado era San Valentín. Caí en el detalle cuando pasé por una florería y leí la fecha. Pensé que ella sí lo habría notado. Me sorprendió que no me molestara la coincidencia.

Pasé el jueves y el viernes haciendo orden, tirando cosas viejas, limpiando, hasta que mi departamento se transformó en un lugar más o menos presentable. El siguiente tema a resolver era el menú. Necesitaba algo fácil, liviano, que no llenase el departamento de olor. Mis amigos no estaban en condiciones de ayudarme. Me salvó mi prima:

-¿Tenés un wok? –preguntó.
-¿Qué es un wok?

Me explicó brevemente. Quedó en prestarme el suyo. Me lo entregó en una bolsa, con un par de recetas copiadas a mano. Todas me gustaron. Esta es la que usé al final:

Camarones al wok

  • 250 gramos de camarones
  • 1 ají rojo
  • 1 ají verde
  • 1 zucchini
  • 1 berenjena
  • 150 gramos de brotes de soja
  • 2 cucharadas de aceite de oliva
  • 2 cucharadas de salsa de soja

La preparación era muy simple. Primero había que dorar los camarones en el wok con el aceite. Retirarlos y reemplazarlos por la berenjena, el zucchini y los ajíes cortados en juliana. Saltearlos durante unos minutos y agregar los camarones y los brotes de soja. Dejar unos minutos más sobre el fuego, moviendo el wok de un lado a otro.
Me parecía mentira que con tan poco esfuerzo bastara. Terminamos de cenar a medianoche. Yo me pregunté por qué habría tardado tanto en invitarla.
-Me gusta tu departamento –dijo–. Es cómodo.
-Sí –dije.
Miré a mi alrededor. Me pareció que tenía razón.


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