Viajando con panza


Apenas me sentí mejor y sin síntomas, decidimos tomarnos vacaciones antes  de que la panza estuviera muy grande. El último viaje de a dos, sin mamaderas y con autonomía.




Teníamos planificadas unas vacaciones aventureras a Macchu Picchu, regadas con pisco sour y alimentadas a cebiche. Descartamos la opción y nos decidimos por unas noventosas vacaciones en un paraíso caribeño.

Cuando puse un pie en Ezeiza, supe que viajar embarazada iba a ser una ocasión para poder abusar de la panza. Me dejaron pasar en las filas de embarque sin esperar, me asignaron asientos preferenciales y me dieron una almohadita extra para que esté más cómoda.

Bastaba apoyar una mano en la panza para que cualquiera de la tripulación se acercara a preguntarme si necesitaba algo. Es más, el azafato (Disculpen: tripulante de cabina. No quiero que se enoje el gremio. Es como decirle “portero” a un encargado de edificios) consideró unilateralmente que el pollo del almuerzo era demasiado picante para mí y sin consultarme, me dejó un plato de pasta “porque tú tienes que comer liviano madrecita, así no te molesta la tripa”.

La playa era una maravilla. Mar turquesa, arena blanca y un inesperado cartel con dos palabras mágicas:


“SOLO ADULTOS”


Por algún milagro de Herodes, o de cualquier deidad que detestara a los niños, aterrizamos en un lugar donde los niños estaban prohibidos. Es más, donde se desalentaba su presencia por ruidosos, sucios y molestos.

Fue como vivir en una dimensión paralela. Sin salvavidas con forma de ballenas, sin niños que se tiraran de bomba en la pileta, sin castillitos de arena que pisar accidentalmente para luego sentirse culpable mientras una madre abnegada te mira con desprecio. Sin nadie que midiera menos de un metro veinte. Sin ruidos, salvo los de algún gringo trasnochado que gritara “More Beer! Yeah!”

Pura calma y ruido de las olas. Hasta que una tarde mientras estaba parada en la orilla, un inconfundible acento cordobés interrumpió el silenzio stampa.


-Hablás español?, me preguntó un señor panzón, que rondaba los cincuenta.


-Sí, contesté. Enseguida me arrepentí.


-Cuidado con el sol, mami. Está muy fuerte para vos, ¿te pusiste protector solar? Te digo porque mi hija, que está embarazada como vos, no se cuidó del sol y le salieron manchas en la piel.


-Sí. Gracias.

Miré al horizonte y suspiré. Aborrezco hablar con desconocidos. Detesto que me den consejos que no pido. Menos aún de los varones. Hablen de algo que sepan, muchachos. Un útero, claramente es un tema que no dominan, así que manténganse callados. Muchas gracias. Pero el señor no detuvo sus embates.


-Che, pero no tenés nada de panza!!! ¿No será muy chiquito tu bebé? ¿Estás comiendo bien?

Asentí con la cabeza y revolée los ojos al cielo. Herodes me estaba castigando por celebrar su idea de una playa sin infantes mientras porto una panza de seis meses.


Todo empeoró cuando gritó hacia una silueta que nadaba a unos pocos metros.

- Cuca! Vení! Mirá lo que es la panza de esta chica!!!!


Cuca se acercó, flotando y con un poco de cara de vergüenza. Se quedó muda, mientras su marido continuaba con el interrogatorio.

- Te digo, nena, haceme caso. Tenés que cuidarte, con tu embarazo no deberías meterte en el mar. Es peligroso para vos. ¿De cuántos meses estás?, y señaló mi panza con el dedo índice.

- Seis, y usted?,  contesté mientras señalaba la suya.

Lo último que escuché mientras me zambullía, fueron las carcajadas de Cuca que le gritaba a su marido “Eso te pasa por metido!”

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