Leticia Cossettini, por muchos años, estuvo a la sombra de su hermana Olga. Pero, al finalizar su vida, su labor fue reivindicada por la comunidad. Fue su veta artística la que materializó lo que sólo se tenía como idea: la expresión de la individualidad de los alunmos, la diversidad de culturas y la extensión de la escuela a la comunidad.
Por Vivian García Hermosi
Leticia Cossettini murió en 2004, exactamente 100 años después de su nacimiento, en San Jorge, provincia de Santa Fe. Era hija de Antonio Cossettini y Alpina Bodello, ambos educadores. Se destacó como pedagoga en una escuela de Rosario donde se animaron a implementar las bases de “La escuela activa”, una escuela que Leticia situaba “entre el río indio y el campo, el aire le trae olor de harina y no lejos del asfalto crecen las hierbas, florece el amarillo limón de la cerraja y cantan los pájaros”.
Leticia no tiene ninguna calle con su nombre en Puerto Madero. Ni se la recuerda tanto como a Olga, su hermana, que era la directora de la institución. Pero sus alumnos la recuerdan como la artista de las hermanas. Era ella la que impulsaba que el arte se mezclara con las actividades del aula: fomentó la expresión literaria, implementó el teatro para niños, el canto, la música y la danza, en una época donde esta clase de actividades eran reservadas sólo para una elite, y no para los hijos de inmigrantes y pescadores. Olga las fomentaba. Leticia les daba vida. Las dos hermanas se complementaban porque tenían un objetivo común: hacer que las paredes de la escuela trascendieran a las del aula. Un concepto que, a diferencia del modelo tradicional que Sarmiento fomentó, pensaba primero en el alumno y luego en el contenido, aceptaba la diversidad de culturas y fomentaba la individualidad.
En una entrevista con Ana Laura Abramowski, realizada antes de su muerte, Leticia recuerda las visitas en la escuela de Juan Ramón Jiménez, el escritor de Platero y yo: "Juan Ramón Jiménez estuvo en la escuela en dos circunstancias. Fueron encuentros felices, había un enlace afectuoso de la lengua pero también de las ideas. Era un ser espléndido, con ese don de gentes que tienen ciertas personas que transmiten la gracia del idioma". Y también recuerda la visita de la poeta Gabriela Mistral: "Gabriela entraba con un aire desprejuiciado, abierto, lleno de encanto. Era sencillamente delicioso un encuentro como ese".
En 1985 la Municipalidad de Rosario le otorgó a Leticia el reconocimiento de Ciudadana Ilustre. En 1990, la República de Italia la condecoró con el título Cavaliere Ufficiale al Merito. Reconocidas en vida por grandes personalidades como dos innovadoras, Leticia y Olga tuvieron la suerte de encontrar la vocación dentro de la familia y brindarse con humildad. Esa vocación se extendió a la gente que hoy las recuerda como dos mujeres que amaban lo que hacían. Y no hay nada mejor que se pueda decir de una mujer.
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