Todos hablan de la inseguridad, los medios, los políticos, la gente por la calle, en la oficina, en el taxi, en el colectivo... ¿pero de qué hablamos cuando hablamos de inseguridad?, ¿no sería mejor dejar de repetir los mismos reduccionismos de siempre, que lo único que hacen es paralizarnos, aterrarnos?, ¿no sería mejor ampliar más nuestra mirada acerca de lo que realmente pasa afuera y plantearnos qué es lo que hacemos nosotros como individuos en una sociedad que mata, no sólo con el gatillo, sino también con el hambre, el miedo y la indiferencia?
Por Carolina Grillo
Cuando era chica vivía en un barrio “bien barrio”, de esos con árboles, mucho verde, una plaza y esas cosas. Hubo un verano, tendría yo unos cinco o seis años, que empezó a circular por el barrio la “historia del Hombre Gato”.
Según se contaba, el Hombre Gato era un ser perverso y despiadado, un hombre que tenía en lugar de manos, garras y en lugar de dientes, fauces y que escondido en las copas de los árboles, acechaba el paso de mujeres y niñas que caminaban solas para abalanzarse sobre ellas y cercenar alguna parte de su cuerpo.
La historia del Hombre Gato es la primera sensación de miedo que recuerdo. Sin duda, respondía a una historieta que inventó algún adolescente aburrido o una madre con ganas de dormir la siesta y tener quietos a sus hijos ansiosos de plaza.
Más allá de lo inverosímil del cuento, recuerdo que cada vez que atravesaba el camino que separaba mi casa de la plaza, corría como perseguida por mil demonios hasta llegar.
Estos últimos tiempos parece haberse instalado entre nosotros el tema de la INSEGURIDAD. Así, con mayúsculas. Todos hablan de eso, la señora en la verdulería, el cajero del banco, el que hace la tapa del diario, la depiladora, Susana y así sigue la lista. Y entonces yo me puse a pensar en los miedos. El miedo como representación arquetípica, como parálisis, como tema de agenda.
No es mi intención en este caso entrar en la dicotomía entre las posiciones del “nos están matando a todos” y la de “la inseguridad es una mentira”, sino que más bien quiero reflexionar sobre la construcción que hacemos como sociedad, como individuos y, en este caso yo, como mujer, acerca del miedo.
Hace unos meses íbamos a morir todos de gripe A. el verano anterior el dengue aparecía como una posible plaga bíblica. hoy van a matarnos porque sí a la vuelta de la esquina. Es posible que suceda. También es posible que no. Creo que el arraigo del miedo ancla en un lugar un tanto más profundo. La violencia simbólica es a veces más peligrosa que la real.
Es terriblemente violenta una muerte durante un asalto. Sí. Pero es terrible también lo es la muerte de un chico por desnutrición. Como también la de una mujer por un aborto mal realizado o de un anciano por abandono. Es violento que no todos tengan acceso a la educación y a la salud. Eso también es inseguridad. Vivimos en un mundo que nos asusta con permanentes “Hombres Gato” que amenazan con cercenar nuestra libertad.
Tengo mis propias inseguridades privadas. Temo que mis padres no tengan un vejez digna o que el hijo que algún día quiero tener no tenga la libertad de pensar. Temo a veces (sólo a veces) no entrar en lo parámetros de chica bien, calladita y remilgada. Temo no saber qué va a pasar mañana. Me asusta no poder planificar. Bastante tiene cada quien con sus propios Hombres Gato. Bastante real y dura es la realidad como para andar comprando exacerbaciones.
Está bien tener cuidado, pero no terror. La sensación de caos paraliza. Es real el peligro, pero no hay que olvidar que también lo construimos en nuestras subjetividades, o lo que es peor: lo construyen otros para tenernos quietos.




