
Cada verano nos vemos en la obligación de decidir qué vamos a hacer en nuestras vacaciones. ¿Nos quedamos en casa? ¿Vamos al mismo lugar de siempre? ¿Juntamos valor y emprendemos ese viaje que siempre quisimos hacer y que por diversas razones fuimos postergando?
Por Carolina Pacini
Por Carolina Pacini
¿Playa o montaña? es la pregunta más frecuente que nos hacemos a la hora de decidir a dónde ir en las vacaciones. Si optamos por la primera, las playas de Uruguay se presentan como una opción mucho más tentadora que la costa argentina. Ni hablar Brasil. Pero después de la crisis de 2001 no solemos considerar demasiado esta última opción por una cuestión económica. Sin embargo, cada vez es mucho más cercana y no tan inaccesible como solemos imaginar.
Yo siempre quise conocer Río de Janeiro. Cerré los ojos, no pensé demasiado, minimicé los obstáculos y me saqué el pasaje. Elegí Río entre otras cosas porque mi amiga Cata vive allí desde hace más de dos años y visitarla era algo pendiente. Llegué una mañana de enero con Brenda, una amiga que tenemos en común. Tomamos un taxi y atravesamos la ciudad. Cata nos esperaba el mismísimo día de su cumpleaños con un desayuno brasileño: café, pan de coco, papaya y abacaxi.
La casona en donde vive es antigua y está ubicada en la cima de un morro, en el barrio de Gloria, un lugar de casas coloniales amplias y con jardines floridos. Las casas se encuentran a distancias considerables y abarcan todo el morro. Desde cualquier punto se ve el mar y el Pan de Azúcar. Ese mismo día salimos a recorrer la ciudad.
Cada barrio de Río tiene sus particularidades. Cata nos indicó cómo se dividían y nos dibujó un plano en el que nos describía el recorrido de la avenida más cercana: la rua do Catete. “Por acá está Santa Teresa (el barrio de artistas) … siguiendo por allá están Botafogo, Ipanema y Leblon. Si quieren ir a la playa, se toman el colectivo de este lado. Si quieren ir al centro siguen por la rua do Catete hasta la plaza.”
Con esa información aprendimos a manejarnos con soltura y enseguida sintonizamos con la ciudad. Tomé sucos, caipiriñas y comí cocadas y tapiocas. Aprendí más sobre música local. Conocí una banda que se llama Nayah, y ellos mismos me regalaron un CD en cuya tapa hay una obra de Bernardo, un artista plástico que dice que desarrolla su arte pensando sólo en el amor. También aprendí cosas como el baile funky que se practica en la favelas, y versiones sobre las cosas intensas y terribles que allí acontecen. Un día fui a ver una instalación en el Museo de la República que me movilizó mucho: en un cuarto blanco había una pantalla en la que se veía un hombre negro entre nubes que desdibujaban su silueta. Silbaba una melodía. La cámara se iba acercando a su cara al compás del silbido. Luego se detenía en un primer plano del hombre y éste dejaba de silbar. En ese silencio, las nubes le pasaban por los ojos, y la cámara entonces volvía a alejarse, y así dejaba tras de sí una sensación de increíble serenidad y también, por qué no, de melancolía.
Río en enero es pura explosión: de naturaleza, de vida, de intensidad. Por las calles se ven los blocos carnavalescos y la gente reunida a su alrededor, en muchos casos llevando sua fantasia (traje de carnaval). La lluvia invade intempestiva por momentos, pero eso no impide que sigamos bailando. El ritmo es contagioso y el cuerpo, les aseguro, se mueve solo. Lo comprobé la primera noche que pasé en Río. Yo tenía mi paraguas, y desde su transparencia (porque así son los paraguas en Río) miré el cielo. Luego cerré el paraguas y seguí bailando bajo la lluvia. Mientras las gotas me caían pensé en la inmensidad de la vida, en todas las cosas buenas que estaban por venir y sentí hacer mi propio ritual frente a esas sensaciones. A partir de ese momento me enamoré del lugar: un espacio en el que los sentimientos fluyen en colores, justo cuando desde hacía tiempo venía pensando con bastante oscuridad.
Yo siempre quise conocer Río de Janeiro. Cerré los ojos, no pensé demasiado, minimicé los obstáculos y me saqué el pasaje. Elegí Río entre otras cosas porque mi amiga Cata vive allí desde hace más de dos años y visitarla era algo pendiente. Llegué una mañana de enero con Brenda, una amiga que tenemos en común. Tomamos un taxi y atravesamos la ciudad. Cata nos esperaba el mismísimo día de su cumpleaños con un desayuno brasileño: café, pan de coco, papaya y abacaxi.
La casona en donde vive es antigua y está ubicada en la cima de un morro, en el barrio de Gloria, un lugar de casas coloniales amplias y con jardines floridos. Las casas se encuentran a distancias considerables y abarcan todo el morro. Desde cualquier punto se ve el mar y el Pan de Azúcar. Ese mismo día salimos a recorrer la ciudad.
Cada barrio de Río tiene sus particularidades. Cata nos indicó cómo se dividían y nos dibujó un plano en el que nos describía el recorrido de la avenida más cercana: la rua do Catete. “Por acá está Santa Teresa (el barrio de artistas) … siguiendo por allá están Botafogo, Ipanema y Leblon. Si quieren ir a la playa, se toman el colectivo de este lado. Si quieren ir al centro siguen por la rua do Catete hasta la plaza.”
Con esa información aprendimos a manejarnos con soltura y enseguida sintonizamos con la ciudad. Tomé sucos, caipiriñas y comí cocadas y tapiocas. Aprendí más sobre música local. Conocí una banda que se llama Nayah, y ellos mismos me regalaron un CD en cuya tapa hay una obra de Bernardo, un artista plástico que dice que desarrolla su arte pensando sólo en el amor. También aprendí cosas como el baile funky que se practica en la favelas, y versiones sobre las cosas intensas y terribles que allí acontecen. Un día fui a ver una instalación en el Museo de la República que me movilizó mucho: en un cuarto blanco había una pantalla en la que se veía un hombre negro entre nubes que desdibujaban su silueta. Silbaba una melodía. La cámara se iba acercando a su cara al compás del silbido. Luego se detenía en un primer plano del hombre y éste dejaba de silbar. En ese silencio, las nubes le pasaban por los ojos, y la cámara entonces volvía a alejarse, y así dejaba tras de sí una sensación de increíble serenidad y también, por qué no, de melancolía.
Río en enero es pura explosión: de naturaleza, de vida, de intensidad. Por las calles se ven los blocos carnavalescos y la gente reunida a su alrededor, en muchos casos llevando sua fantasia (traje de carnaval). La lluvia invade intempestiva por momentos, pero eso no impide que sigamos bailando. El ritmo es contagioso y el cuerpo, les aseguro, se mueve solo. Lo comprobé la primera noche que pasé en Río. Yo tenía mi paraguas, y desde su transparencia (porque así son los paraguas en Río) miré el cielo. Luego cerré el paraguas y seguí bailando bajo la lluvia. Mientras las gotas me caían pensé en la inmensidad de la vida, en todas las cosas buenas que estaban por venir y sentí hacer mi propio ritual frente a esas sensaciones. A partir de ese momento me enamoré del lugar: un espacio en el que los sentimientos fluyen en colores, justo cuando desde hacía tiempo venía pensando con bastante oscuridad.




